Pensando sobre los intangibles y los ODS en un contexto de desastre

Por Juan Benavides DelgadoDirector del Seminario Interno de la Cátedra Iberdrola de Ética Económica y Empresarial.

El pasado 18 de febrero se celebró el Aula Abierta que habitualmente hacemos como Jornada de intercambio de reflexiones sobre los contenidos que año a año debatimos en el entorno del Seminario Interno de la Cátedra. De acuerdo al programa previsto, tuve la satisfacción de debatir sobre los ODS junto a dos magníficas profesionales[1] y un moderador que sabe agilizar y poner siempre algún punto sobre la íes sobre los principales temas en cuestión. Fue una sesión interesante y ya tengo apuntadas algunas ideas para la continuación del seminario hasta finales de curso. Sin embargo me sorprendieron los contenidos y el propio debate; y me sorprendió por el lenguaje utilizado y la obligada descriptiva utilizada para hablar de estos temas. En este momento y de acuerdo a lo sugerido en el ámbito de la Cátedra de enviar sugerencias para el debate o el estudio, sólo quiero hacer una breve reflexión que he venido pensando desde aquel momento y que entiendo puede ser de interés para mis colegas.

            Decía que me sorprendió el debate y los contenidos porque cuando hablamos de ODS o de valores se recurre siempre a la descriptiva de lo que se hace, -lo normal en el mundo empresarial- en lugar de explicar lo que significa y el sentido de todo ello; y hacerlo como si todo el mundo estuviera de acuerdo. Por eso me parece interesante trasladaros algunas breves reflexiones al respecto que aunque sea más filosóficas pueden ayudarnos quizá a encuadrar los problemas.

            Llevamos en la Cátedra casi dos años cumplidos debatiendo sobre los ODS y más de quince sobre la RS y los intangibles en las empresas; y desde casi los inicios siempre he comentado que lo que sucede con la comunicación de los valores carece del lenguaje adecuado, no por falta de interés y buena intención de las organizaciones sino porque la sociedad ha adoptado una manera de hablar que ya no corresponde a lo que exige el propio valor: el rigor, la claridad y las exigencias en el medio plazo que requiere cualquier pensamiento ético. Ahora todo es correr. La sociedad no sabe hablar de valores porque desconoce las exigencias de lo que significa la propia ética. Este es un problema directamente referido a la RS y, en la actualidad, más específicamente referido a los ODS.

            Recuerdo, hace ya muchos años cuando estudiaba en filosofía los autores de principios del siglo XX; autores con diferentes opciones y enfoques como M. Heidegger, L. Wittgenstein o W. Benjamin, pero con una similar y fundamental preocupación: como hablar de las cosas y del hombre. Para uno el problema fundamental era la situación del hombre de  “ser arrojado al mundo”, para otro su preocupación se centraba en lo que se puede hablar o no hablar o para un tercero darse cuenta de que todas las cosas de la realidad están relacionadas en un todo de forma muy determinante y que normalmente se desconoce. Pero en todos ellos, era el lenguaje y el hombre casi los únicos contenidos en el que centraban sus principales preocupaciones[2].

            Pues bien; en Europa ya ha terminado el siglo XX, ha habido mucho más filósofos y pensadores, ha habido guerras grandes, pequeñas y otras que continúan, y aquellas preguntas han sido sobrepasadas por la secularización de la vida cotidiana, la postmodernidad y ahora parecen sucumbir por la globalización y una sociedad digitalizada. Incluso la sociedad parece haber evolucionado un poco, aunque no siempre en el sentido de mayor justicia y equidad, -porque parecen haberse instaurados comportamientos económicos o políticos de escasa moralidad-, y muchas veces ajenos además a los grandes problemas reales que han emergido en la sociedad durante las tres o cuatro últimas décadas, como si estas cuestiones no fueran con nosotros. Para Europa el caso ha sido vivir lo mejor posible y cuanto antes; aunque tuviera muchos problemas, políticos y sociales, sin resolver (problemas que ahora nos abofetean). Mientras tanto aquellas grandes preguntas de principios del siglo XX siguen pendientes sobre el papel, se han modificado algunas y otras han caído en el olvido  más absoluto; incluso, y lo comento con cierta vergüenza, se procuró en alguna Universidad, -cita textual de alguno de sus gestores-, suprimir la propia filosofía porque no había alumnos y no parecía adecuado invertir en algo tan abstracto y con tan pocas salidas profesionales (contestaciones que me hicieron a mis críticas y alegaciones).

            Por eso mismo, cuando comenzábamos a trabajar sobre la ética y los valores recuperé algunas de estas preocupaciones y comencé a aplicarlas a la Responsabilidad Social y a todo ese conjunto de temas que tienen que ver con los intangibles, el valor y la ética en las organizaciones (especialmente las grandes). Desde hace años me he dado cuenta de que el problema del lenguaje no sólo sigue presente sino que incluso la propia comunicación social ha sucumbido a un lenguaje de titulares y corto plazo que simplemente no dice nada. Y sobre estos males los ODS. En los últimos años se suceden definiciones, comparativas, mediciones, etc., cuya eficacia es puramente numérica, de dato; y el dato, siendo exacto, no es necesariamente verdadero y menos todavía transparente en su forma de ser gestionado y comunicado.

            Las empresas grandes que llevan trabajando directamente sobre los Informes no Financieros conocen este problema; algunas incluso, nos lo han hecho presente. Pero frente a los ODS entiendo que aumentan los problemas y las dificultades.

            A mi modo de ver hay que observar tres frentes o niveles de problemas que ya han salido en nuestro Seminario, pero que con los ODS se observan con mucha mayor claridad. El primero de ellos se refiere al los formatos utilizados por los propios Informes y los conceptos habituales de uso donde casi nunca hay precisión y especialmente atención a los públicos a los que se deben dirigir.

            El segundo de ellos tiene que ver con los objetivos perseguidos y la relación que se establece entre la empresa y los medios de comunicación. Porque, en efecto, las tradicionales notas de prensa no parecen que ayuden a la transparencia y la mejor información que la empresa puede trasladar a la sociedad.

            Por último, el tercero de ellos se refiere a las formas de gestionar y comunicar el intangible que no tiene nada que ver con las formas de comunicar sus marcas o incluso sus productos; un error que, en términos generales, se ha astado cometiendo en los últimos años con esto de la Reputación.

            Son conjuntos de problemas que llevamos observando en los últimos años y que expresan errores que normalmente, salvo excepciones, no son reconocidos por las organizaciones y menos todavía por las instituciones públicas donde la política controla y especialmente contamina.

Pero las grandes cuestiones de hace cien años que se plantearon críticamente, desde una modernidad ya muy censurada, siguen abiertas. En la actualidad, lo humano se debe volver a cuestionar en la actual situación que la pandemia ha creado en España y especialmente en las consecuencias que sin duda se derivarán en el ámbito económico y social.  La actual situación es de verdadero desastre.

Los ODS formulan objetivos y principios importantísimos que deberíamos reformular en el ámbito de los sectores, -ya se está haciendo algo-, y atendiendo al tamaño y dimensión de las compañías porque las pequeñas empresas y organizaciones deben adquirir su verdadero papel y volumen de presencia. Hay que objetivar el hecho de la gestión de la RS, que ha demostrado una cosa a la que pocos hacen caso: el cambio de modelo de empresa y el salto de la verticalidad a la transversalidad en el ámbito de la gestión de las personas y una comunicación veraz y transparente. Precisamente eso es lo que apela directamente a lo humano. De lo contrario no habrá reconstrucción económica sino nuevos solapamientos y ocultaciones; al final todo terminará con los mismos errores que siguen sin clarificarse. Así no se avanza, se retrocede y hará más largo si cabe  conseguir una sociedad  justa, equitativa y digitalmente globalizada con honradez.

            Este es el punto de la reflexión donde la Universidad y diversas disciplinas deben establecer relaciones y responsabilidades propias. De lo contrario los errores aumentarán y la sociedad quedará sumida en el funcionalismo pragmático y los populismos políticos que todos padecemos; es decir, en un estancamiento total de los valores y una pérdida de la ética y, lo que es más grave, del otro.


[1] Me refiero a Irene Schiavón Matteo (Gestión de Sostenibilidad de Iberdrola), Lara Torres (FALTA PONER CARGO) y José Luis Fernández Fernández (Director de la Cátedra).

[2] En un reciente libro de W. Eilenberger (Tiempo de Magos. La gran década de la filosofía 1919 -1929, Taurus, Madrid 2019) se habla de todo esto con enorme claridad.

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